En qué estado emocional te encuentras?
¿Cómo te tomarías si te atienden después que a otro cliente en un restaurante?
¿Cómo te tomas que se te cuele alguien en el súper?
¿Y si pillas atasco cuando tienes prisa?
Estas son algunas de las situaciones que pueden definir en qué estado emocional nos encontramos.
Y, sobre todo, si somos capaces de gestionar correctamente los problemas.
A veces hacemos una bola gigantesca de algo que no merece tanta atención… y mucho menos tanta carga negativa.
Porque, seamos sinceros:
por mucho que grites, te cabrees o te pongas nervioso…
El atasco no va a desaparecer.
Nada cambia.
Lo único que sí cambia es cómo llegas tú:
Más tensa, de peor humor, menos centrado.
Y eso sí tiene consecuencias.
Llegas peor a una reunión, a una entrevista, a ver a tu pareja…
Y algo que era pequeño, acaba afectando a algo importante.
Ahí es donde está el error.
No en lo que pasa.
Sino en cómo lo amplificamos.
La clave está en aprender a responder en función de dos cosas.
Lo que la situación merece.
Y lo que realmente está en tu mano cambiar.
Ni más, ni menos.
Porque no todo merece el mismo nivel de reacción.
Y cuando llevamos todo al extremo, perdemos perspectiva, energía y capacidad de actuar mejor después.
Pasa lo mismo en otras áreas.
Si un día comes peor de lo que te gustaría, tienes dos opciones:
Cabrearte, frustrarte y tirar la toalla.
O parar, analizar qué ha pasado y buscar una solución para la próxima vez.
Una no aporta nada.
La otra te hace avanzar.
La diferencia no está en el error, está en cómo decides gestionarlo.